Tomas Molina Cespedes 

 

Don Claudio

 

Se llamaba Claudio San Román, tenía nombre de santo, pero era un demonio para hacer “cantar” a los presos políticos. Don Claudio era el jefe del temible Control Político en tiempos del MNR y su nombre es sinónimo de arbitrariedad, tortura y muerte en nuestra triste historia política. 
Claudio San Román La Fuente, nació en el pueblito cochabambino de K´arasa, hoy Santivañez, el 26 de noviembre de 1915, hijo de un carabinero que abandonó a su concubina y al niño, causándole a éste penurias y miserias en su infancia, quién por su aspecto de mulato desde pequeño fue conocido en su pueblo como el “negrito”. En su adolescencia Claudio sobrevivió en el abandono y durmió donde pudo, hasta que a la edad de 18 años apareció como soldado en la Guerra del Chaco, donde permaneció los tres años de la contienda distinguiéndose como un soldado valiente y temerario. En el Chaco Claudio conoció a Gualberto Villarroel y logró su simpatía y amistad. De la campaña del Chaco Claudio San Román fue evacuado con el grado de subteniente por su valor y participación en doce batallas e incorporado al ejército con el grado de teniente.
Nueve años más tarde San Román se acercó al Presidente Gualberto Villarroel, quién le consiguió una beca de estudios en Panamá para hacer un curso de espionaje y contraespionaje a cuyo término trabajó en el Ministerio de Gobierno. En ese tiempo San Román se relacionó con Víctor Paz Estenssoro y otros líderes del MNR que eran aliados de Villarroel y su gobierno, en el que Paz era Ministro de Hacienda.
Caído el gobierno de Villarroel, Claudio San Román fue dado de baja y estuvo exiliado algún tiempo en Roboré, para después trabajar en la embajada americana en tareas de inteligencia. 
Con el triunfo del MNR y la toma del poder por este partido el 9 de abril de 1952, Claudio San Román fue nombrado por el Presidente Paz Estenssoro primeramente como su jefe de seguridad y después como Jefe del Control Político. 
La misión de San Román no sólo era la de controlar a los opositores falangistas, sino también a los propios militantes del MNR que mostraran algún grado de disidencia con su jefe Paz Estenssoro. 
Con la experiencia adquirida en la guerra, el gobierno de Villarroel, su Curso en Panamá y su total sumisión a Paz Estenssoro, San Román se convirtió en el represor principal del MNR y planificador implacable del terror movimientista contra la oposición en todos sus colores. Así, bajo su égida se instalaron campos de concentración en los lugares más inhóspitos del altiplano, cárceles y centros de tortura, donde se pisotearon los derechos humanos de todos los que pensaban diferente al Jefe de la revolución. 
El terror que se desató en Bolivia entre 1952 y 1956, principalmente, lleva el sello de San Román, un apellido santo que quedó grabado en el cuerpo y la mente de sus múltiples víctimas. (En la fotografía al fondo a la derecha San Román) 
En 1960, al recuperar el poder Paz Estenssoro nuevamente encumbró al verdugo en las máximas instancias de la represión. 
Se dice que la sola presencia de San Román en las celdas de interrogatorio del Control Político helaba la sangre y conmovía de terror a sus víctimas. San Román tenía la fama de hacer hablar incluso a los sordomudos. 
El 4 de noviembre de 1964, cuando cayó el MNR y Paz Estenssoro logró escapar a Lima, el pueblo asaltó la casa de San Román y con espanto encontró en el sótano de su terrorífica mansión SEIS celdas con instrumentos de tortura. Resulta que el inquisidor, fanático como era de su sanguinario oficio, se llevaba trabajo a casa, donde aliado con las sombras de la noche hacía “cantar” a sus desdichados huéspedes. 
Aquel 4 de noviembre San Román logró escapar de la furia popular y asilarse en la embajada del Paraguay, país en el que vivió como exiliado hasta agosto de 1985 cuando regresó al país, al amparo de su antiguo jefe Paz Estenssoro que ese mes fue posesionado por cuarta vez como Presidente de Bolivia. 
Se cuenta que la vida de San Román no fue nada aburrida en la capital Paraguaya a donde con frecuencia llegaban sus paisanos, de todos los colores políticos, exiliados de los gobiernos militares con los que siempre era posible intercambiar impresiones y lamentos. 
En 1965 la totalidad de los partidos políticos que habían participado en el derrocamiento del MNR, desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha, creyeron haber conquistado el poder y reclamaron su cuota de poder al nuevo inquilino del Palacio Quemado, sin ser escuchados ni tomados en cuenta para nada. El Gral. Barrientos se volvió sordo, ciego y mudo antes tales peticiones y formó su propio partido, el MPC, desatando la furia de toda la gama opositora que unió fuerzas para atacarlo y no dejarlo gobernar. Entonces Barrientos perdió la paciencia y ordenó una redada total de opositores, sin distinción de colores ni doctrinas, y los exilió al Paraguay. Así, por primera vez en la historia política de Bolivia, un abigarrado inventario de opositores -falangistas, movimientistas, praistas, prinistas, comunistas, trotskistas, democristianos, socialcristianos, etc. - compartieron el duro pan del exilio. 
El escritor Raúl Botello hizo conocer una sabrosa anécdota de aquel heterogéneo exilio. Resulta que, uno de los exiliados era un dirigente minero de apellido Escobar, famoso por sus espectaculares fugas; se había fugado de las mismísimas celdas del Control Político, de San Pedro e incluso de la Isla de Coati, por lo que era el compañero más prestigioso y respetado de la triste paisanada boliviana. Y, ocurrió la tragedia, ese compañero que se había salvado mil veces del peligro, se había dormido con el mechero encendido y fue encontrado muerto de asfixia en su cuartucho de alquiler.
El dolor y pesar alcanzó a todos que se dieron cita en el cementerio sin distinción de colores políticos. Allí estaban todos y cuando se decía la oración fúnebre, antes de empujar el cajón a la morada final, los pasos apresurados de alguien que llegó atrasado llamó la atención de todos. Volcada la vista en esa dirección se toparon con el rostro cetrino del mismísimo San Román, que se detuvo ante la sorpresa que causó su presencia. Allí a pocos pasos del nicho, teniendo su sombrero entre las manos, don Claudio musitó una oración. Terminado el servicio, la horda salvaje con el dolor fresco se dirigió hacia el verdugo para ajusticiarlo allí mismo. Alguien, antes de lanzar el primer puñete le gritó a San Román, “¡A qué viniste! ¡Perseguiste a nuestro camarada toda una vida y ni siquiera a la hora de su muerte lo dejaste tranquilo!
San Román pidió a gritos le permitan una explicación, pidió ser oído y se justificó diciendo: “ASÍ COMO USTEDES VINIERON A DESPEDIR A SU MEJOR CAMARADA, YO VINE A DESPEDIR A MI MEJOR AGENTE”, dejando atónicos a todos… 
Dijimos que don Claudio volvió a Bolivia en agosto de 1985. Al respecto, Gerardo Irusta en su libro “ESPIONAJE Y SERVICIOS SECRETOS EN BOLIVIA”, en la Pág. 158, dice: “El año 1987, cuando lo conocí, el viejo general se encontraba tramitando dos beneficios del Presidente Víctor Paz Estenssoro: Primero que se lo ascienda al grado de General de División en el Ejército y segundo, que se le paguen daños y perjuicios porque una casa que tenía en la zona de Sopocachi fue convertida en un establecimiento educativo cuando cayó el 4 de noviembre de 1964. Ambos beneficios le fueron concedidos por orden expresa del Presidente Paz Estenssoro. Le fueron pagados además los SUELDOS QUE HABÍA DEJADO DE PERCIBIR POR SU PROLONGADO EXILIO (que ha debido ser una millonada)…
En el dosier personal del Gral. San Román se encuentra tanto la resolución del Senado Nacional, como la Resolución Suprema firmada por el ex Presidente Víctor Paz Estenssoro concediéndole ese ascenso al Gral. San Román. Todo se hizo en el más absoluto secreto y muy pocos sabían y conocían que estos últimos beneficios le fueron otorgados al ex Jefe del Control Político. No se puede decir que el Dr. Víctor Paz Estenssoro haya sido ingrato con uno de sus más importantes pilares de poder en los tiempos de la Revolución Nacional, aunque San Román nunca más haya podido volver a lucir su uniforme con entorchados de General de División”.
Por lo señalado don Claudio murió rico y llegó a la morada final con los galones de General de División del ejército boliviano.

(HASTA EL PRÓXIMO VIERNES DE HISTORIA)